El Estado español re-niega de la transición energética

El Estado español re-niega de la transición energética.

Autor: Josep Centelles i Portella
Data original:    Jul 2014           
Idioma original:  castellano  
Observacions:  Extracto del libro: ENTENDER CATALUÑA
Sumari:  presnta una síntesis de cómo la ceguera estatocrática española trata el tema de la "soberanía" energética.

Hace poco más de un siglo que se consiguió meter los electrones dentro de los cables en forma de electricidad. En este siglo la electricidad se ha convertido en una forma de energía que está continuamente presente en nuestras vidas. En el mundo actual, sin electricidad haríamos muy pocas cosas. La política eléctrica (como parte de la política energética) es una pieza fundamental en nuestra calidad de vida. Es importante y últimamente resulta controvertida en todas partes. También en España.

Como sea que los electrones van tan rápidos, a la velocidad de la luz, la política energética española no genera agravios territoriales dentro del Estado. No presenta agravios diferentes, por así decirlo, en Murcia o en Cataluña. Pero entender Cataluña no es ni mucho menos una cuestión de agravios territoriales. Si la traigo a colación en estos comentarios es porque, una vez más, la política eléctrica nos muestra los problemas de tener al Estado en manos de tan peculiar estatocracia.

Europa, economía verde

La política de la Unión Europea está decididamente marcada por la búsqueda de la sostenibilidad energética. Está fuertemente comprometida en lo que se ha venido a llamar la economía verde. La no dependiente de los combustibles fósiles. No solo para evitar el calentamiento global, sino también para conseguir la no dependencia energética exterior. Los acontecimientos de Crimea y Ucrania están conmocionando la política energética de toda Europa. Si Rusia cierra el grifo, Europa pasa frío. El tema no es baladí. Nos podremos distraer con pequeñeces, pero la política energética, y dentro de ella, la política eléctrica, marcará en los próximos años la vida de todos los europeos. No podía, por tanto dejar de hacer esta última apostilla.

transición energética

Alemania, el país más rico de Europa, es tanto o más dependiente que nosotros en términos energéticos. Alemania, con un gobierno Merkel de derechas –pero que no es esclavo como el español de sus lobbies estatocráticos–, inició en el año 2000 una política de transición energética (energiewende) consistente en desplazar progresivamente las energías basadas en combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas y uranio) por las renovables (sol, viento, hidráulica, mareomotriz, geotérmica, etc.). Se trata de lo evidente, de sustituir recursos energéticos agotables y caros, cada vez más escasos y disponibles solo en determinadas zonas del planeta,[1] por recursos energéticos inagotables, baratos y disponibles, en mayor o menor cantidad, en todas partes.

Hace escasamente dos décadas, las tecnologías de captación de energías renovables no permitían satisfacer los altos niveles de consumo energético a los que estamos acostumbrados. Por lo tanto, las propuestas de promoverla se consideraban cosa de militantes ecologistas utópicos. Buena gente, pero sin tocar de pies al suelo. La solución «renovable» significaba en aquellas épocas, por ejemplo, renunciar al aire acondicionado o entrar en una austeridad energética, posible, pero incompatible con el modo de vida consumista que moviliza la economía occidental. La gran noticia es que esto ya no es cierto. Lo cierto es que la tecnología ha avanzado lo suficiente como para afirmar que, técnicamente, es posible alcanzar los niveles actuales de consumo per cápita con energías 100% renovables. Este cambio no se puede hacer de la noche a la mañana, se necesita la transición. Esto es lo que ha empezado a hacer Alemania. Esto es lo que en 2013 se planteó Francia en un gran debate nacional y público. Son ejemplos de estados donde la gobernanza es más que una palabra. Se da oportunidad de participar activamente a todos los actores implicados.

En su vertiente económico-financiera, la transición energética consiste en retraer progresivamente recursos de la factura energética externa para irlos aplicando a la producción y distribución de energías renovables de origen local. Normalmente se plantea a 35 años, horizonte 2050. La factura energética de España en 2013 fue de unos 50.000 MEur, del orden de un 4,5% del PIB. Una fabulosa cantidad de dinero que transferimos graciosamente a los oligarcas mundiales del petróleo, gas y uranio. Además, es muy importante recordar que con una política de transición a las renovables se crean innumerables lugares de trabajo locales, permanentes y de calidad. Una verdadera vía para salir de la crisis de desempleo que nos agobia. Parece que se trata de una política deseable. ¿Verdad?

¿error o secuestro?

El Gobierno de España (sin debate alguno) decidió en 2004 avanzar por este camino y se inspiró en las leyes alemanas. Inició una política de estímulos a las energías renovables. Política encomiable desde todos los puntos de vista. Además, tenemos muchas más horas de insolación, especialmente Andalucía.[2] Lo que pasa es que cometió un burdo error. Colocó las centrales de «ciclo combinado» en el mismo saco de las renovables. Pero éstas no tienen nada de renovables. Utilizan gas natural que es totalmente fósil e importado. Son plantas más eficientes que las convencionales, pues consiguen un rendimiento del 60% frente al 43%. Bienvenido, pero nada más. El resultado fue que en pocos años se incrementó mucho la producción renovable, cierto, pero al mismo tiempo, el oligopolio energético se lanzó a la sobreinversión en centrales de ciclo combinado (en diez años se han construido en España 67 centrales de este tipo) y en operaciones tan peligrosas como el almacén submarino Castor de gas natural importado. Lo hicieron con subvenciones y garantías del Estado. Estas centrales, además del «pago por disponibilidad», gozan de una subvención llamada «incentivo a la inversión». Ese incentivo acumula más de 2.000 MEur desde que estalló la crisis en 2008. Estamos de nuevo con el mismo problema que tenemos con las autopistas radiales quebradas y con el exceso de kilómetros de AVE. De nuevo, entendemos lo que pasó. En realidad no fue un «error», sino que la oligarquía energética, con todo tipo de ex políticos en sus consejos de administración, secuestró al Gobierno. La bola estatocrática entró en acción.

El resultado está en la calle: las plantas de ciclo combinado están funcionando solo al 10% de su capacidad. ¡Una ruina! Ello explica el famoso e impagable «déficit de tarifa». Así se entiende que las tarifas eléctricas industriales españolas sean del orden de un 13% más caras que la media europea. Pésima noticia para competitividad de nuestras empresas. El desaguisado lo rematan de nuevo los medios de comunicación con la mentira del siglo, «la culpa de todo es de las energías renovables». No, la culpa es del exceso de inversión en plantas de ciclo combinado. Somos el país de Europa con el mayor exceso de capacidad producción eléctrica. Otro récord. Por eso están paradas. No se trata de negar totalmente la necesidad de plantas de este tipo, pues éstas, en un escenario de dominio de las renovables, son necesarias para regular el sistema eléctrico general. Son necesarias para ajustar el suministro a las demandas puntuales de electricidad que no coinciden con las variaciones de la producción renovable (sol y viento irregulares). En este escenario, tales plantas pueden perfectamente ser accionadas por el hidrógeno generado localmente en los periodos de exceso de renovables.[3] No necesitarán gas importado. No obstante, el negocio actual y a corto plazo de las grandes empresas energéticas, no es producir electricidad para el país, su negocio es importar combustibles fósiles. Quedarse con un buen porcentaje de la factura energética externa.[4] La otra gran parte del negocio es invertir sin riesgo, es decir, capitalismo castizo. Se puede entender que las grandes empresas presionen a los gobiernos, en todas partes pasa, pero lo que es inaceptable es que el oligopolio eléctrico, que solo procura por sus intereses a corto plazo, tenga totalmente secuestrado al Estado.

El escenario muy plausible de agotamiento de los recursos fósiles, de facto el causante desde hace tres décadas de los mayores conflictos bélicos en del planeta, sumados a la posibilidad técnica actual de una real transición a las energías renovables, nos conducirán sin duda a un cambio profundo de paradigma y un zarandeo estructural de los poderes fácticos que demandará de los estados una gran capacidad de adaptación. El camino emprendido por Alemania, Dinamarca y Holanda es sin duda el más inteligente. Pero para acometerlo se precisa un poder político abierto, adaptativo y muy audaz. Un Estado totalmente secuestrado por esta estatocracia tan autista como el que tenemos en España, no presenta un futuro muy esperanzador.

Extraído del libro:

ENTENDER CATALUÑA

Setiembre de 2014-

 


[1] Cabe recordar que esas «zonas», no por casualidad, acostumbran a estar en manos de dictaduras, regímenes corruptos y no democráticos. No hace falta citarlos.

[2] La Planta Gemasolar de concentración inaugurada en Sevilla en 2011 es un buen ejemplo de tecnología punta que empieza a ser copiada en California.

[3] Las técnicas de producción de hidrógeno y otras de almacenamiento de energía están también evolucionando a toda velocidad.

[4] Por mínimo que sea el margen de beneficios de 50.000 MEur, resulta una cantidad fabulosa.

 

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